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¿Por qué es tan importante reducir el déficit público?

El déficit público es el exceso de gastos sobre ingresos por parte de las Administraciones Públicas. Para financiar ese déficit, los gobiernos acuden a la financiación privada emitiendo títulos de deuda pública.

Un déficit público elevado afecta negativamente al funcionamiento económico. El Estado, para financiarlo, compite con los agentes privados (empresas y particulares) en la captación de fondos, lo que implica una elevación de los tipos de interés, con efectos negativos sobre la inversión y el consumo. Así mismo, el déficit público tiende a introducir presiones inflacionistas, ya que aumenta la demanda interna del país.

Por otra parte, déficits elevados obligan con frecuencia a recurrir a la inversión exterior, lo cual introduce una dosis de volatilidad en el tipo de cambio de la moneda ante los movimientos de estos inversores en función del mayor o menor atractivo de una economía (expectativas, incertidumbre, riesgo-país). Buenos ejemplos son las crisis sufridas por los países asiáticos y por Argentina, que afectaron a otros países emergentes debido a la huída masiva de los capitales hacia zonas más seguras.

Por tanto, un saldo presupuestario próximo a cero permitiría unos menores niveles de tipos de interés y reducir la presión fiscal, impulsando así la actividad económica. Esto permitiría a su vez aumentar la recaudación impositiva, reduciendo nuevamente el déficit público. De esta forma, se genera el mecanismo conocido como círculo virtuoso del déficit público.

No obstante, la necesidad de mantener un déficit público reducido debe considerarse desde una perspectiva de medio plazo, ya que el saldo presupuestario tiene una estrecha vinculación con el ciclo. La ortodoxia económica indica que en fases expansivas el saldo presupuestario tiende a aumentar (llegando incluso al superávit), ya que la recaudación impositiva es mayor y la presión para instrumentar una política fiscal expansiva es menor.

Esto permitiría generar un colchón de fondos para actuar en fases recesivas, cuando la menor actividad reduce la recaudación fiscal, pero los gobiernos necesitan aumentar los gastos públicos (programas de reactivación económica, mayor gasto asistencial).

Este comportamiento ha permitido que la desaceleración experimentada por los países occidentales en 2001 y 2002 haya sido más benigna y menos duradera que otras fases finales de ciclo. En efecto, tanto en Estados Unidos como en Europa, la fuerte expansión experimentada en la segunda mitad de los 90 fue aprovechada para reducir los desequilibrios presupuestarios prácticamente a cero (superávit en el caso USA). De esta forma, las administraciones contaron con holgura suficiente para estimular la actividad económica vía reducciones fiscales y programas de gasto.


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